Cuando el entorno se modifica para asegurar su supervivencia, por Demys Martínez
El sol apenas comenzaba a asomarse en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja brillante que se reflejaba en las aguas del Orinoco. La brisa matutina traía consigo el aroma fresco del rio manso, entrelazado con el perfume terroso y la vegetación. El imperceptible sonido del río parecía susurrar secretos antiguos. Elias, Josué y yo, cruzamos el río en curiara, una embarcación hecha de Spondias purpurea, que se deslizaba suavemente sobre el agua.
Mientras el bote se acercaba a la orilla sentíamos el petricor. Al desembarcar, subimos por un barranco cubierto de raíces expuestas y tierra mojada. Allí, ante nuestros ojos se alzaba el bareque, una casita de barro con construcción sencilla pero acogedora que parecía haber sido moldeada por las manos de una conspicua beldad.
El acendrado terreno era un pequeño paraíso agrícola: plantas de plátano, cambur y yuca se alzaban orgullosas, mientras que un sector lleno de maíz casi listo para cosechar prometía abundancia. La hectárea no era vasta, pero estaba repleta de vida; incluso había plantas de tabaco y unos pocos árboles frutales como mango, guanabana y aguacate que ofrecían su sombra generosa.
Elías se dispuso a recoger leña para encender el fogón, mientras Josué a caminar y revisar que todo amanecía en orden, -o quizás alguna deyección-. Yo me dirigí hacia el área más cercana del bareque, donde las plantas de Lantana trifolia -Cariaquito- dominaban. Había una que sus enormes ramas se enredaban con el pequeño árbol de guayaba, que parecía suplicar por un poco de luz. El viento soplaba suavemente, trayendo consigo el aroma del cariaquito lleno de flores moradas y amarillas, un perfume que me llenaba de alegría.
Sin embargo, decidí cortar el cariaquito, por las ramas que arropaban el paupérrimo arbolito de guayaba, a medida que me acercaba para cortarlo, la risa que iluminaba mi rostro se desvaneció como un eco en el silencio de un bosque. La brisa, que antes acariciaba mi piel, se tornó pesada, como si las sombras de la rica vegetación estuvieran absorbiendo todo lo que me mantenía vivo. Un sexto sentido, ese instinto ancestral que todos llevamos dentro, me advirtió que, había algo más en aquel lugar, una presencia que acechaba entre los cultivos.
Con cada corte que daba a las primeras ramas, la asfixia se apoderaba de mí. Era como si la naturaleza misma se rebelara contra mi accionar, tragándose el oxígeno y dejando solo un vacío inquietante. Mi pecho se cerró con una presión insoportable; atolondrado, los pensamientos comenzaron a cruzarse en mi mente como sombras danzantes en la penumbra. ¿Era yo el intruso? ¿Era yo quien provocaba este horror palpable? La idea de cortar el cariaquito se convirtió en un acto casi de sacrílego.
Intenté respirar, pero el aire era escaso, como si el cultivo alrededor estuviera ahogando mis intentos de vida. Cada pensamiento se congeló, y quedé suspendido en un abismo de incertidumbre y terror. En ese instante, comprendí que mi vida estaba en peligro, -¿había alguna conexión que afectó el balance químico en el aire?
Fue entonces cuando logré…

Excelente relato. Ciertamente lanaturaleza se expresa y la mayoria de los humanos no la escucha
La lectura capto mi atención en todo momento….el relato y expresión de lo que te sucedió es un maravilloso mover de ese poder de las plantas que te hablan y te advierten que son seres con instintos mudos pero que al unirse pueden causar conmoción en tu espíritu para decirte tu eres el intruso…….Dios nos ama y nos guarda de sus misteros
Leído en voz alta para la familia y gustó, te invitan a continuar el camino de grandes escritores aunque tu estatura no lo sea, la señora (mi esposa) comentó que se sentia dentro de la escena de un bosque mientras escuchaba mi «hermosa voz» y la entonación del relato lleno de somnolientes frases.
Conclusión: saludos chamo y p’lsnte